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“Quería ser simplemente como ellos”



Cesar Ibarra, de veintiséis años, llegó a Estados Unidos cuando tenía cuatro meses, cruzó la frontera junto con su madre, hermana y hermano. Según relata a Hispanic News, creció en San Bernardino, California, en el imperio del interior.

“Ya teníamos tíos allá. ... Mi madre fue la última persona en pasar. Nunca conocí a mi padre. Mi madre solía decirme que había muerto. Dijo que le dispararon en Tijuana y que murió. No me interesa. Crecí muy bien sin él”.

Él admite que su juventud es como la niebla. Comenzó a fumar marihuana cuando tenía nueve años, influenciado por los ejemplos de su hermano mayor y uno de sus tíos, mismo que describe tenía una mirada fría. “Yo quería ser como ellos. Quería ser de corazón de piedra, un gángster convencional. No lo sé. No conocí a mi tío Raymond hasta los 14 años debido a que él estaba encerrado. ... Oí historias sobre él, de que estaba en la cárcel y yo decía, ‘Quiero ser así’”.

Aunque Ibarra estaba asistiendo a la escuela, sus aspiraciones estaban en la calle. Era un chico agresivo, siempre un luchador, instigando peleas entre los estudiantes. Cuando tenía doce años, le aplicaron un examen psíquico. Se le prescribió Ritalin, mismo que se negó a tomar y en su lugar lo sustituyó por marihuana.

Se involucró en una pandilla a los trece años. Su nombre de calle era Pequeño Oso, con respecto a su hermano mayor quien ya estaba en la pandilla. Su hermano intentó mantenerlo fuera de la pandilla, pero ya era demasiado tarde. Ibarra ya era un gángster debido a su reputación.
Al negarle la entrada completamente en la pandilla, encontró otro manera para sacar todo. Él sacó su ira hacia los demás. Se volvió más agresivo en un esfuerzo por establecer una identidad y un respeto dentro de la pandilla.

La familia creció. Su madre se unió a un hombre que abusaba físicamente de ella y le dio tres hijos más. Él recuerda que ella no estaba presente tanto como él hubiera deseado, ella estaba trabajando, siempre, para mantener a familia unida. Pasaba mucho tiempo en las calles y su apodo se convirtió en Vago o vagabundo.

Su primera enfrentamiento con la ley fue cuando tenía 14 años. Fue por un negocio de drogas realizado en un baño de la escuela, esto lo llevó a detención juvenil. Él recuerda salir e intentar con más determinación el consumo de drogas. También encontró el crack y se convirtió en adicto.

Admite que su agresividad fue alimentada por un profundo sentido de que la gente no lo respetaba. Se convirtió en un violento delincuente, usando cuchillos o navajas para intimidar a otros. Cuando llegó a la escuela preparatoria, tenía la reputación de un matón robando dinero a otros niños, manipulando a otros en peleas.

El momento más difícil llegó cuando tenía 17 años. Recuerda que era el Día de la Madre. Estaba en el 11vo grado y estaba pasando el rato con amigos afuera del apartamento donde vivía la familia, fue cuando dos policías llegaron a comprar droga y los abordaron.

Se produjo un altercado. Fue puesto en el coche de la policía y vio a su madre y su tía mirándolo desde el coche, llorando. Empezó a golpearse la cabeza contra el plexiglás del interior de la patrulla hasta que lo rompió. Fue maniatado y llevado a la cárcel del condado. El recuerdo de su madre y de su tía llorando mientras es llevado a la cárcel lo persigue hasta el día de hoy.

Cumplió dos años en prisión, salió y no fue deportado a México. Él cometió algunos crímenes y que si era re capturado podía llevarlo a una pena de prisión más larga. Decidió cruzar la frontera por su cuenta, pero siguiendo los pasos de su hermano mayor, sus hábitos continuaron. Él continuó llevando una vida intensa, drogadicta. Como un código de honor, prometió nunca probar cocaína, ni heroína. A los 22 años comenzó a cuestionar su situación.

Él recuerda ir a una Posada para emborracharse y consumir cocaína. Tuvo una sobredosis. Su corazón se detuvo tres veces, sólo que la cantidad de cocaína en su sistema mantuvo su corazón en marcha. Comenzó a cambiar después de su liberación. Admite que fue difícil, se encontró que, en cuanto menos dependía de las drogas, más su naturaleza violenta se mostraba.

Eventualmente dejo de ser violento, ayudado por la seguridad de un cheque de pago. Estaba trabajando ya en centros de llamadas en atención al cliente.

“Me gustó el ambiente”, dice. “Me gustó todo, porque sentía como si estuviera en un pequeño Estados Unidos, porque había mucha gente que había estado en la cárcel o eran chicanos que sólo hablaban inglés”.

Conoció a Robert Hernández al seguirle la pista a su hermano, quien había ido a la Casa de Vida buscando limpiarse. Le gustó la atmósfera y terminó mudándose ahí.

“Vi que la gente de aquí, eran todos homies. Me siento bien aquí”, dijo. “Me siento como si estuviera en casa porque mi familia, ahí, a fuera, no son familiares para mí. Siento que son todos hipócritas. Todos hablan a mis espaldas y me critican. Toda la familia que tengo está de vuelta en los Estados Unidos. Cuando estoy aquí, siento que estoy con mis carnales, mis homies”.

Él da crédito a las enseñanzas de Hernández y a su paciencia para ayudarle a encontrar el sentido de las cosas. Quiere que otros oigan su historia.

“Si esta historia llega adonde yo soy, quiero que las personas sepa que si alguna vez son deportadas venga a Guadalajara. Tenemos a personas que los entienden. No hay abuso aquí como en otros lugares. Simplemente lleguen y encontráremos una manera de ayudarlos”.
Tomás Ortiz creció en el área del Noreste de Kansas City. También encontró su camino a la Casa de Vida. Su historia refleja lo que otros han dicho, pero su relato lo mantiene breve.

“Nací en Parral, Chihuahua. Tengo 29 años de edad y cumpliré mis 30 años aquí, en México. Cuando tenía 11 años, mi madre decidió que necesitábamos mudarnos a Kansas City. Crecí allí hasta que fui deportado y terminé aquí, en Guadalajara”.

Más tarde agrega, “Estuve encarcelado por unos cuatro años”. Cuando salió le dijeron que iba a ser deportado, ‘y yo estaba como, no conozco México’”.

Para sobrevivir, adaptó una de las pocas habilidades que pudo desarrollar en la cárcel. Se fue por al arte y abrió una salón de tatuajes en su ciudad natal. Quería llevar su arte a un mayor nivel, crear una escena y atraer más gente a la tienda. Quería ampliar lo que ofrecía hasta incluir arte corporal, henna y piercings corporales.

Se dio cuenta rápidamente que debido a la naturaleza tabú del arte corporal, no hay demasiados lugares que ofrecen capacitación, especialmente en México. Pero encontró un lugar en Guadalajara. Con la ayuda de una hermana en los Estados Unidos viajó allí el verano pasado.

“Nunca había estado en ningún otro lugar de México fuera de Chihuahua antes de venir aquí, a Guadalajara. Me sentí extraño. A veces mi español me decepciona. También tenía miedo debido a que me habían deportado, ¿qué habría aquí para mí?”, se preguntó.

El camión que lo trajo a Guadalajara lo dejó en una plaza y un amigo le dio indicaciones para que fuera a lo que se llama un Anexo, un centro comunitario que ofrece tratamiento de drogas y alcohol y otros servicios sociales a personas indigentes o con problemas. También proporciona un lugar para alojarse.

El lugar estaba reglamentado. Había puertas que se cerraban con candado una vez que uno estaba adentro. Sólo estaba tratando de encontrar un lugar para quedarse mientras terminaba el trabajo del curso de tatuajes, pero terminó asistiendo a las sesiones de terapia.

Él se mantenía en silencio sin entablar conversación, pero escuchando a otros hablar. Escuchó historias culturalmente relevantes, pero únicas y diferentes a las suyas. Finalmente, contó un poco de su historia.

Después de una semana, un nuevo grupo de personas entró en la sesión de terapia. Ellos compartieron sus historias de vida en prisión y la forma en que se adaptaron. Pero luego vino una discusión que lo afectó mucho.

Según Ortiz, el testimonio de uno de los recién llegados hablaba casualmente de abusar de niños, niños y niñas, cosas que él rechaza. Bajo las reglas de la discusión, los hombres debían responder con la palabra Puente si era un tema en el que tenían experiencia o todavía lo hacían. Él estaba afligido por cuántos decían Puente.

Se levantó decidido a hacer algo. Fue a la cocina buscando un cuchillo. Un homie instintivamente sabía lo que pasaba y lo encontró en la cocina. Trató de convencerlo, diciéndole que no valía la pena el castigo para tomar represalias.

La situación era tensa y otros se preguntaban qué estaba pasando. Tenía que salir del lugar y marcharse. Su amigo lo sacó a la calle de la plaza. Mientras caminaban le contó sobre este otro lugar lleno de otros homies - gente como ellos, del otro lado, deportados. Este era un lugar donde hablaban inglés. Venían del mismo lugar, de las mismas calles, de la misma cultura.

Regresó al Anexo, hizo los arreglos y se marchó a la mañana siguiente.

“Cuando llegué aquí, lo primero que noté fue que hablaban en inglés. Ellos se acercaron a mí y me dijeron ‘¿qué pasa homie? ¿Qué estás haciendo? ¿Quién eres? Eran todos bilingües y yo sentía que podía hablar Spanglish si quería. No tengo que ser otra persona”.

Las conversaciones con Robert Hernández, quien dirige la Casa de Vida, fueron reveladoras.

“Me dijo que entendía por lo que pasa una persona cuando sale de la cárcel y se mete en una situación como el Anexo”.

Eso se reforzó cuando se incorporó a las sesiones de terapia de grupo. “Al estar en una cárcel por mucho tiempo y en centros juveniles, nunca se me ocurrió que conocería a un psiquiatra clínico o hablar con una persona que pudiera tener alguna comprensión de dónde había yo estado”.

Él ha progresado mucho en los años desde que se fue a México, pero también admite que hay cosas que suceden cuando estás en prisión y que toman mucho tiempo para reconciliarse con ellas. Está el sentido omnipresente de que siempre debes estar a la defensiva. La confianza es un lujo y cuenta con poca. Es difícil aceptar un abrazo o mostrar el afecto que la unión requiere. Ha afectado su trabajo y su vida en pareja.

“Nuestra vida ha sido una escena compuesta de cuatro paredes y éstas paredes no sólo están en tu cabeza, sino que te afectan físicamente, espiritualmente, emocionalmente. Esas paredes no desaparecen en el momento en que sales de aquí y estás en la calle. Sientes que esto siempre estará contigo. ... Pero aquí he encontrado gente que ha sufrido algunos de los mismos daños, el mismo trauma que yo”.

La experiencia de las deportaciones sólo refuerza el aislamiento y el trauma. Según Ortiz, te sacan de la prisión, te ponen en un avión, te llevan a la frontera y te mandan a cruzarla. No hay un comité de bienvenida oficial, excepto los jóvenes reclutas en bicicletas de los cárteles que cuentan el número de personas que cruzan la frontera. También hay estafadores que buscan vender papeles “legítimos” baratos.

Recuerda pedir números telefónicos de funcionarios de agencias que podrían ofrecer apoyo humanitario. Las llamadas a los números dados nunca son contestadas. Aunque muchos tratan de permanecer juntos, son separados entre las multitudes que se reúnen para aprovechar las nuevas llegadas. Los taxis cobran excesivamente y los llevan a los mismos hoteles que son utilizados por los cárteles para transportar a los inmigrantes en dirección a Estados Unidos.

Tienen suerte si logran conservar sus mochilas o el poco dinero que han podido esconder. Las opciones son limitadas y muchos terminan en las calles, en pandillas o en los cárteles. Algunos llegan con familiares a los que nunca habían conocido.

El aislamiento es una constante y, un teléfono, ausente de cualquier contacto de confianza, se convierte en la posesión preciada.

Ortiz relata las palabras de una mujer que les ayudó. “Dile a tus amigos de allá que si vienen aquí serán detenidos, secuestrados, forzados a unirse a los cárteles o ser asesinados. Mejor que se queden allá”.

Ortiz añade, “Mira, hay algunos homies que han venido aquí y han encontrado su camino y pueden demostrarnos eso. Este es el camino para encontrar tu libertad, para encontrar algo de trabajo, un camino a un renacimiento. ... Esta es una Casa de Vida y para todos los homies que están encerrados y no tienen planes de dónde van a terminar, aquí es donde ustedes puede venir”.